Antes de ahondar en el análisis, vaya por delante que no estoy de
acuerdo con el veredicto popular.
Y antes de que nadie empiece a
abroncarme, creo en la justicia y soy un defensor a ultranza del sistema
de jurados. Lo que yo piense, pues, queda para mí.
Dicho esto, al asunto. En primer lugar, yo no creo que Camps ni
Costa se hayan enriquecido con el Bigotes, don Vito y hasta con el
mismísimo Capone si apareciera por estos andurriales. Cosa distinta es
que les hayan hecho regalos, que se hayan dejado querer y que hayan,
incluso, aprovechado la circunstancia de "conseguidor" del ayer Bigotes y
hoy Barbas. De eso creo que son culpables; es algo más moral que
delincuencial.
No estaba yo en el coro de los jurados así que no soy capaz de
juzgar si ha habido elementos probatorios suficientes o no, pero sí sé
que las espectaculares y abochornantes grabaciones no tenían entidad de
prueba jurídica así que el jurado no debía tenerlas en cuenta como
tales. Y eso es lo que ha hecho y bien hecho está.
Todos los que queríamos ver al presidente Camps condenado nos
encontramos ahora con un presidente absuelto. Aleluya, por lo menos la
institución se ha salvado y eso, para mí, es más importante que mi
pequeño juicio individual. El presidente Camps y su compañero de
banquillo Costa no han concedido favores a cambio de réditos personales y
así lo ha dictaminado el jurado. No aceptar el veredicto es ser poco
demócrata y muy mal perdedor. Yo me alegro que así haya resultado, por
más que sé en mi fuero interno que los acusados hoy absueltos le echaron
bastante morro, aunque sin, por ello, corromperse. Bien está lo que
bien acaba.
Cosa distinta, claro, es la posición y el careto que se les queda a
unos cuantos que yo me conozco. Por ejemplo, el honesto Alarte y el
honrado Luna. ¿Cómo van a explicar ahora tantos años de oposición huera,
inexistente y, sobre todo, infructuosa basada, centrada y cimentada en
una corruptela inventada por ellos pro domo sua? ¿Cómo van a explicar
ahora a su electorado y a sus militantes el barrizal en el que han
convertido el PSPV cuando ni siquiera el sacrificio ha tenido el mérito
de la verdad? ¿Qué hacemos, Luna, os lapidamos con tu piedrecita
parlamentaria o nos humillamos una vez más ante vuestra dictatorial
trágala?
¿Y el presidente Rajoy y su cohorte de pelotilleros que huyeron como
de la peste de quien les fue leal? ¿Cómo lavarán ahora la mancha? ¿Con
una mancha aún mayor por ser digna de Nepote: una embajadita en la Santa
Sede, un carguete en algún organismo internacional? Puede que como ya
tienen lo que querían, el poder, se limiten a la inacción ignominiosa y
envíen a algún sonriente mandamás sin mando a decir "siempre creímos en
su inocencia".
Y ahora, damas y caballeros, cerremos este lamentable asunto y anem
per feina: es necesaria una regulación firme, dura, decidida y sin
fisuras sobre los regalos, regalitos y regaletes, su tamaño, valor,
publicidad y dignidad. Esta patochada de zarzuela demodée no puede
volver a repetirse.