Plantearse cómo puede afectar la crisis al mundo de la moda no es una cuestión baladí. En primer término, hemos de diferenciar más de una esfera en aquello que denominamos “moda”. Por una parte, es correcto preguntarse si la actual situación, cuyos reflejos se dan igual en Tôkyô, Nueva York o París, se va a hacer tan persistente que los diseñadores, ya en el mismo planteamiento artístico de sus colecciones, sientan la necesidad de crear una prenda que refleje el espíritu de este tiempo. Esto no debería suceder, pero puede ocurrir y, además, es lo más seguro, aunque sea en una sola pieza. El hollywoodense Travis Banton, en plena crisis originada por el crack de 1929, diseñó los exultantes vestuarios de Mae West en I’m No Angel (Wesley Ruggles, 1933) y Belle of the Nineties (Leo McCarey, 1934), o de Claudette Colbert en Cleopatra (Cecil B. DeMille, 1934); sin embargo, otra de sus divas, Marlene Dietrich, si bien también realizó para ella fastuosos vestidos, aparece en el clásico Shanghai Express (Josef von Sternberg, 1932) con un vestuario gris, intercambiable. ¿Reflejo o no de la situación?, ¿necesidades de guión del filme? Todo puede ser. Pero del mismo modo que cada sector de la sociedad se ve afectado por la crisis, un diseñador de moda no es ajeno a su círculo de amistades, ni al malestar o a la desazón de su tiempo. Otra cosa será que lo explicite, o que el cliente lo adquiera, pues lo más lógico es que no se trate de nada primoroso o brillante. La moda está para que uno realce su autoestima, no para llevar el símbolo de una decadencia.
Un segundo aspecto es el comercial, y aquí es donde más podrá observarse en qué grado se ve afectado este universo del arte. Un diseñador crea para vender. Esto no necesariamente acontece en todas las disciplinas artísticas, pues un poeta escribe para llegar a conseguir un puesto destacado en la historia de la literatura de su lengua, o un grupo de música puede ser consciente de que su propuesta va a ser minoritaria y no va a llenar nunca el Madison Square Garden. Sin embargo, para un diseñador de moda, la venta, el público, las pasarelas, la fidelización de clientes… son algo fundamental. Si no vende, la empresa cierra. Aquí, está claro, sí va a haber un mayor feedback con los compradores, y ha de producirse, en todo diseñador, una toma de postura crítica sobre cómo enfocar su colección próxima, cómo hacerla atractiva y a la vez, en determinados casos, y sin desmerecer en su línea, si es posible abaratar los costes para, a su vez, poner en el mercado un producto final de relación calidad/precio mucho más ajustada.
Ahora bien, ligado con este aspecto, hay un tercer punto básico que desmiente lo que acabo de decir. El diseñador nunca puede reducir el precio de sus productos. La moda vende distinción y status, no nos vamos a engañar. Detrás de una pasarela hay mucho más que las colecciones, y por debajo de las telas muchas más cosas que una creación artística. Es ese plus, ese intangible, lo que el diseñador también vende. Pero, más aún, lo que el comprador sobre todo paga. Y en este ámbito la crisis financiera mundial no puede influir. Se trata de intangibles, de piezas cuyo valor trasciende cualquier apreciación material.
Por tanto la pregunta de cómo va a influir el momento actual en la moda tiene respuestas varias. Quizá sería más fácil responder cómo va a influir la crisis contemporánea a los clientes de los diseñadores, pero sería entrar en lugares comunes. El consumidor de alta costura se va a ver muy relativamente tocado por la crisis (si se ve tocado en algún aspecto); sin embargo, los usuarios de prêt-à-porter, donde se encuentra el gran núcleo de clientes, sí pueden afrontar el futuro reduciendo gastos. La renovación del vestuario puede ser uno de ellos, por desgracia. Si es así, no sólo veremos un país más pobre, sino también más triste.