Permítanme que empiece de una manera sólo en apariencia frívola, pues la comparación vendrá al caso. Hace unos días acudí a una mesa redonda sobre la crisis y su repercusión en el mundo de la moda. Un periodista (el director de este diario), un representante del comercio, dos diseñadoras y un experto en tendencias reflexionaron sobre la posible desaparición de lo que entendemos por “moda”, debido a cuestiones que se han agravado con la actual crisis. La mesa fue dinámica, e ilustrativa de un sector mediático hasta el extremo por su vínculo con la vie en rose y la jet, pero donde no todo es champán, belleza y fiestas en rascacielos. La moda paquistaní, por ejemplo, con valientes modistos, carece de esos elementos glamurosos, si bien esto es otra cuestión…
El caso es que, en un momento del debate, la diseñadora Presen Rodríguez, con su habitual desparpajo, y refiriéndose a algo que ahora no puedo recordar, soltó: Es como la minifalda: hay un momento en que no se puede subir más. Todos reímos porque la imagen es vívida. Si se quiere llevar algo al límite, acaba por desaparecer. ¿Qué es una minifalda que se sube más de lo debido? ¿Un cinturón, un tanga, nada? Si algo se estira mucho, lo peor no es que se rompa, sino que pierda su razón de ser, su función, y se sustituya. Esta comparación viene muy a cuento –y más tratándose de una minifalda…– respecto a la hipersexualización de la sociedad española contemporánea.
Sin bromas, a España le está pasando lo de la minifalda: ha ido recortando tanto que pronto se va a dar cuenta de que ya no hay ni tela para cubrir (adiós PYMES españolas), ni cuerpo por tapar (adiós europeos que no nacerán nunca), ni sitio donde hacerlo (adiós tejido social autóctono). No existe un proyecto de país, ni de sociedad ni de futuro. En algún sentido, el español de hoy parece enlazar con aquella Belle Époque de los ochenta, de la movida madrileña y la primera victoria sociata. No se han dado cuenta de que los tiempos son muy diferentes, y de que no solo se arriesgan unas vidas como entonces (los muertos por las drogas, el alcohol o el sida), sino las perspectivas del devenir de toda España y de Europa en su conjunto.
Evidentemente, el gobierno, huérfano de deber y ávido de votos, prefiere seguir su particular batalla ideológica. Ahora imponen las risas, los preservativos gratis, el aborto adolescente, la masturbación infantil y el alcohol a disposición de todos en cualquier sitio. Y esto es lo más patético: todo remedio que se le ocurre al gobierno socialista español para dar imagen de modernidad está relacionado con el sexo. Parecen chimpancés en una jaula o adolescentes con hormonas hasta en los calcetines. Una vida afectivo-sexual plena (atención al adjetivo compuesto) es básica para el bienestar físico y mental de hombres y de mujeres. En el baremo de las necesidades fisiológico-emotivas, acepto que es de las tres o cuatro más importantes. ¡Pero no la única! Y si atendemos a las encuestas sobre la actividad sexual de los españoles, nos percataremos de que esta no se corresponde con el adoctrinamiento libidinoso de anuncios publicitarios, series de televisión, programas rosas y vulgaridad ambiente. Entonces, ¿a qué viene machacar tanto con lo mismo?
Es triste y divertido a la par que en el siglo XXI aún se esté pretendiendo descubrir América con el sexo a gogó. Y lo único que se va a lograr es crear individuos retraídos, solitarios, egoístas y faltos de interés por cuanto no suponga una satisfacción inmediata y “al alcance de tu mano” (como reza el eslogan de la Junta de Andalucía). Se han quedado completamente en el pasado, felices en su ignorancia. Y eso es lo grave: son niños díscolos en una tienda de Lladró. Quién sabe si ya han empezado a destrozarlo todo.