Desde Esquilo a Pirandello, las figuras de Edipo, Fedra, el “enfermo imaginario” o Hamlet son rescatadas periódicamente por compañías o directores, pero no se logra cuajar una continuidad para hacerlas imprescindibles y de asistencia obligada. Por desgracia, algunas pinceladas nostálgicas en festivales de verano es cuanto queda del teatro clásico de Grecia y Roma, como si hubiese de ser circunscrito a yacimientos arqueológicos transformados en “parques temáticos” (Sagunto, Mérida, Segóbriga…); el teatro clásico español también tiene, digamos, su “público” y su querencia. Sin embargo, nombres fundamentales de la escena europea (Racine, Corneille, Marlowe…) son ignorados o poco recuperados.
¿Cuál es el futuro de la literatura de Europa si los estudiantes de bachillerato ya no saben quiénes son Vicente Aleixandre, Blas de Otero o Luis Cernuda (no digamos Mishima, Montherlant, Hamsun o Whitman)? ¿Cuál es el futuro en la formación de actores si el registro máximo al que pueden aspirar no es encarnarse temporada tras temporada en seres inmortales, sino dar voz a teleseries sin sustancia ni importancia? No pongo en entredicho la formación reglada, pero al igual que la licenciatura en Filología Clásica lleva camino de la extinción en numerosas facultades donde se imparte, quedando reducida a un gueto elitista (como la eslava, sumeria o hitita), igual sucederá con otro tipo de conocimientos, en camino de lo “superfluo”.
Por suerte, sigue habiendo una chispa de esperanza en nuestra ciudad. La Fundación Instituto Shakespeare de España, dirigida por Manuel Ángel Conejero, ha vuelto este curso a abrir sus puertas en Valencia después de más de una década en Madrid. Desde hace tres años, La Joven Compañía (Teatre Jove) de la Fundación se ha convertido en un fijo del festival “Sagunt a Escena” con piezas que son un ejemplo de sus talleres pero con un componente metateatral que influye en que el espectador se sienta doblemente atrapado. La palabra sacralizada de Macbeth, El rey Lear, Othello… pero sobre todo de Hamlet será una base fundamental para los actores del futuro, quienes habrán aprendido a valorar, a partir de los clásicos, la excelencia. Nadie ha de descubrir ni aquí ni en Madrid, La Habana, Bogotá, Edimburgo, Tokio o Los Ángeles, por citar solo algunas ciudades, la portentosa tarea de la Fundación Shakespeare, tanto en la creación de una extraordinaria cantera de actores (Daniel Craig, Sergio Peris-Mencheta, Carles Sanjaime…), cuanto en el proyecto de traducción al español de las obras de William Shakespeare, o en la realización de montajes que son un modo novedoso y muy atractivo de acercar al maestro inglés a los jóvenes actores y al público.
Viendo la tarea desarrollada por la Fundación Shakespeare de España y Manuel Ángel Conejero, uno piensa que es una lástima que propuestas tan vitales como la del Teatre Nacional Valencià no hayan visto (¿aún?) la luz. O un Centre Dramàtic Valencià que asumiera el reto de sublimar la necesaria comercialidad del día a día, para disponer de un espacio a resguardo de modas e influencias donde la palabra clásica, valenciana y europea, resonara. Porque transmitir a Shakespeare, leer a Shakespeare o representar a Shakespeare seguirá siendo uno de los modos más hermosos en que el espíritu europeo pueda darse a conocer. ¿Y qué somos nosotros sino Europa?