El sector educativo está en pie de
guerra por los recortes de
la Generalitat. Aulas sin calefacción, facturas de
la luz sin pagar, recortes salariales, de jornada...
La marea de personas
clamando por una educación pública en condiciones que ya hemos visto en un par
de ocasiones colapsando el centro de Valencia da fe de lo impopular de estas
medidas. Estoy de acuerdo en que
la Educación tiene que ser gratuita y universal.
Estoy de acuerdo en que los chavales no tienen que pagar las facturas de las
administraciones a golpe de resfriados. Estoy de acuerdo en que la formación de
los niños de hoy será clave para
la Comunitat de mañana, para el país y el mundo de
mañana. Hasta aquí, completamente de acuerdo.
Lo que no se lee en las pancartas ni
se escucha por los megáfonos es que el sector de
la Educación
registra un índice de bajas de cerca del 30%. Para que me entiendan, el límite
de lo que se considera sostenible en una empresa privada (como aquellas en las
que trabajamos quienes todavía trabajamos) es del 4%. No deberían pagar justos
por pecadores, pero seguro que los justos pueden identificar a los pecadores
que tienen a su alrededor. Pongan ustedes una queja. Denuncien ante la
inspección o la administración de turno. Tal vez, si lo hubieran hecho, no
estarían pagando ahora.
Tampoco pone en las pancartas que el
horario de los profesores no está nada mal. Sobretodo si lo comparamos con el
sueldo. Ya quisiéramos muchos, los que nos conformamos con una pingüe subida en
función del IPC calculada a la baja, tener sexenios (o trienios) para que nos
los tocaran. Ya quisiéramos muchos que nos quitaran las ayudas para la
ortodoncia de los niños. Significaría que alguna vez las tuvimos. O los planes
de pensiones. O dos meses de vacaciones pagadas. O las Navidades en familia. O
los "moscosos" para empalmar con los puentes. O los fines de semana
siempre libres. Pero eso no lo dicen las pancartas.
Voy a manifestarme. Yo quiero ser
maestro. Voy a manifestarme para que me hagan profesor. Para que no me
despidan. Para saber que cobraré a fin de mes un sueldo digno -tal vez
ahora menor que hace unos meses, pero digno--. Para poder quejarme de lo que
quiera apelando al amor de la sociedad por sus niños. Niños a los que podré
dejar sin actividades extraescolares para presionar. Niños a los que podré
sentar delante de las pancartas para asegurarme una foto en los medios. Niños a
los que no acompañaré a su viaje de fin de curso - me dan igual las loterías,
los polvorones o las camisetas que hayan vendido y el esfuerzo de sus
papás- aunque lleven todo el año preparándolo con toda la ilusión del
mundo, porque estoy cabreado con el Gobierno.
Voy a manifestarme porque, cuando yo
era pequeño, en mi colegio hacía un frío de la leche y mi madre me mandaba a
clase con un jersey más gordo y una bufanda que me dejaba por cualquier lado.
Seguramente en el patio, de donde, pese a que la calefacción no sirve allí, nos
tenían que sacar a golpe de silbato y gritos del profesor de guardia. Voy a
manifestarme con efecto retroactivo, por mis padres, que sólo querían que
alguien me enseñara (que no educara) cosas importantes como las matemáticas, la
lengua, la historia o el inglés. Que me explicaron que estar calentito no es lo
más importante. Que fuera del cole
--ahora les doy la razón-- hace mucho más frío y que hay que estar preparado
porque la vida da bofetadas.
Aprendí a sumar, a escribir, conocí
el pasado de mi país y estudié el nombre de los cinco continentes. Pero,
sobretodo, aprendí que hay que compartir los Plastidecor
con los compañeros. Que medio bocata de un amigo generoso en el recreo vale
mucho cuando se te olvida el almuerzo. Que las taquillas para dos son un
vínculo personal que va más allá de un candado y una llave. Aprendí que era un
afortunado porque en mi casa se comía todos los días. Porque mis padres
cuidaban de mí. Porque tenía casa.
Tal vez por eso, pienso ahora, al
borde de la cuarentena, que los cinco millones de parados que tiene este país
merecen solidaridad. Que si un esfuerzo asumible puede contribuir a que se
genere empleo para ellos, merece la pena intentarlo. Que, aunque no sea mi
culpa, es mi deber ayudar a quienes lo están pasando mal. Y eso, sin Educación
para la Ciudadanía
ni Educación Cívica y Constitucional. A mí sólo me enseñaron a pedir las cosas
"por favor" y a dar siempre las "gracias".
Pues eso, gracias profe, por venir al cole todos los días aunque hiciera frío.
Por llevarme de excursión. Por tocarme la frente si me dolía la cabeza y por
enseñarme que hay que implicarse en la ayuda a los demás aunque suponga un
sacrificio. Gracias por contribuir a hacer de mí una persona solidaria. Muchas
gracias, pero permíteme ahora que, haciendo honor a todo lo que me enseñaste,
te pida una cosa más: por favor, aplícate el cuento.